martes, 15 de abril de 2014

Bajaba la persiana todos los días y con ella un telón viejo, ese dolor sobre el escenario de la vida. Polvo en la madera, reflejos, virutas de luz para esas tablas cien mil veces pisadas, que no dejan de ser un cuerpo magullado. Se escondía y no podía evitar las sombras de la rabia anclándose en las paredes. Duele respirar cuando la vida duele tanto o más que la muerte. Esa confusión en los costados, respiración clavando en el corazón astillas de huesos que se doblan sin partirse del todo. Es ese espectáculo, ese saberse único en la playa desierta ante la ola de un tsunami. Sabía que sólo quedaba rendirse o detenerse a celebrar la vida, parar el reloj y preguntarse qué regalo hacerle o hacerse para esquivar la terrible amargura. Y se dio cuenta de que eso mismo que mil veces había pensado y casi nunca había vivido, la vida, era la mejor forma de no olvidar, de enfrentarse a la maldita pena y a la mezquina y puta muerte.

2 comentarios:

Marisa dijo...

Hay un anuncio de televisión, creo que de Ikea, de un señor que va al parque a echar de comer a las palomas, un día viendo que no tiene sitio en el banco ocupado, decide comprarse una silla para no tener que depender de si le dejarán sitio o no la próxima vez. Comprada la silla, tiene otra perspectiva del parque que no tenía antes, y puesto que la silla puede colocarla a su antojo decide ir a otro lugar, y puestos a ir a otro sitio, mirando un avión que pasa, por qué no ir a otros sitios donde poder colocar su silla y disfrutar del paisaje... y cuando la silla está muy estropeada, decide comprarse otra. Algo ocurre con el paso de los años que hace que la capacidad de asombro, de fascinación, de sorpresa desaparezca a la par que aparecen las primeras canas. Y peinar canas y asombros tiene una excéntrica belleza.
Saludos

Luz Caroba dijo...

Un fortísimo abrazo, Óscar.