martes, 9 de abril de 2013

MUERTOS o MUERTES DE RISA

Una hora antes de la apertura y ya estaba en su puesto de trabajo esperando el primer cliente, como había hecho en los últimos diez años. La corbata ajustada con un nudo perfecto y las gafas limpias, con más luz que la mañana. Sus compañeros tardarían en llegar. Los últimos días había notado que su jefe estaba muy receptivo, incluso había llegado a sonreír después de un inteligente comentario suyo. No estaba nervioso. Era un clamor popular, silencioso, eso sí, lo de su ascenso. Sesenta euros más al mes y la posibilidad de detenerse en el pasillo y observar, por encima de los muebles, el baile de plumeros. En el mismo instante que la puerta se abría, resbalando por un carril imaginario, su jefe se acercó y le susurró algo al oído. Entonces salió a la calle, respiró hondo, se encendió un cigarrillo y sonrió. Comenzó a caminar y a reírse, luego más fuerte, sin parar, a carcajada limpia, hasta que llegó a la puerta de la oficina de empleo.